Arquitectura bioclimatica

10.03.2025

¿Estamos realmente avanzando o simplemente hemos olvidado lo esencial?

Durante siglos, la arquitectura ha sido una respuesta directa al entorno. Los pueblos que

aprendieron a construir con los recursos disponibles lograron desarrollar edificaciones que

se adaptaban perfectamente a su clima, sin necesidad de recurrir a máquinas ni a fuentes

de energía externas. Desde las torres de viento de Persia hasta los gruesos muros de

adobe del Mediterráneo, el conocimiento ancestral convirtió la naturaleza en una aliada.

Pero en algún momento, ese equilibrio se rompió. La revolución industrial trajo consigo la

promesa del progreso sin límites, y con ello, la arquitectura dejó de responder al entorno

para depender de sistemas artificiales. Las soluciones pasivas fueron relegadas a un

segundo plano y reemplazadas por tecnología: calefacción central, aire acondicionado,

ventilación mecánica, aislamiento sintético. La comodidad se volvió un bien de consumo y

los edificios dejaron de dialogar con su clima para convertirse en estructuras dependientes

de la energía.

(fotos de Antonello Sacchetti) 

Sin embargo, cada vez que la humanidad se ha enfrentado a una crisis energética, ha

tenido que replantearse su forma de construir. En los años 70, la crisis del petróleo sacudió

los cimientos del desarrollo industrial. La dependencia de los combustibles fósiles reveló su

fragilidad y el mundo comenzó a hacerse preguntas incómodas: ¿qué pasaría si la energía

barata dejara de ser una opción? ¿Cómo podríamos construir edificios que funcionaran con

menos recursos?

Fue en ese contexto que nació el movimiento de la arquitectura bioclimática. Arquitectos e

ingenieros de todo el mundo comenzaron a mirar atrás, a estudiar cómo se construía antes

de la era del petróleo. Surgieron nombres como Hassan Fathy, que rescató la tradición del

adobe en Egipto, o Ken Yeang, quien planteó la integración de la arquitectura con el clima

tropical. En Europa, el arquitecto suizo Thomas Herzog comenzó a experimentar con el uso

de la madera y el vidrio para optimizar el aprovechamiento solar, mientras que en Estados

Unidos, figuras como Malcolm Wells defendían la arquitectura subterránea como una

alternativa sostenible.

Estos arquitectos no inventaron nada nuevo. Lo que hicieron fue reaprender. Buscaron en

el pasado respuestas para el futuro, entendiendo que la clave de la sostenibilidad no estaba

en la complejidad tecnológica, sino en la inteligencia del diseño. Fue en ese período cuando

se recuperaron conceptos como la ventilación cruzada, la inercia térmica y los muros

Trombe, ideas que ya existían pero que habían sido ignoradas en la fiebre del progreso

industrial.

Ahora, más de 50 años después de aquella crisis, nos encontramos en un momento muy

similar. La dependencia energética vuelve a ser un problema central. El cambio climático y

la inestabilidad geopolítica han puesto en jaque el modelo de consumo ilimitado. Las

ciudades sufren olas de calor sin precedentes, los precios de la electricidad se disparan y

los edificios modernos, a pesar de su tecnología avanzada, siguen siendo vulnerables.

Estamos, una vez más, obligados a hacernos las mismas preguntas. Y la respuesta, como

antes, no está en seguir dependiendo de más y más tecnología, sino en entender cómo

podemos diseñar mejor. El viento como aliado: de Persia al aire acondicionado

Los pueblos del Medio Oriente entendieron hace siglos que el viento podía ser su mejor

aliado contra el calor. Las torres de viento, también conocidas como badgirs, eran

estructuras diseñadas para capturar el aire y canalizarlo hacia el interior de las viviendas.

En combinación con depósitos de agua en el subsuelo, el aire se enfriaba de forma natural

antes de distribuirse por la casa.

Este sistema no requería electricidad ni mantenimiento complejo. Era completamente pasivo

y adaptado a las condiciones climáticas. Aun así, en la actualidad, hemos reemplazado

estas soluciones naturales por el aire acondicionado, que supone uno de los mayores

consumidores de energía en los edificios modernos. Las ciudades han normalizado el uso

masivo de estos sistemas hasta el punto de que contribuyen al efecto isla de calor, elevando

las temperaturas urbanas y aumentando aún más la necesidad de refrigeración artificial.

En un contexto donde la crisis energética y la sostenibilidad son temas centrales, resulta

paradójico que no se recupere esta técnica en climas cálidos. La adaptación de las torres de

viento a los edificios modernos podría reducir significativamente la dependencia del aire

acondicionado, sin necesidad de recurrir a grandes inversiones en maquinaria.

La inercia térmica olvidada

Las casas de adobe y piedra han demostrado ser increíblemente eficientes en la gestión del

calor y el frío. Durante siglos, se han construido viviendas con materiales de alta inercia

térmica que almacenaban el calor del sol durante el día y lo liberaban por la noche,

manteniendo un ambiente estable sin necesidad de calefacción o refrigeración activa.

Sin embargo, el modelo de construcción actual ha dejado de lado esta estrategia en favor

de materiales más ligeros y rápidos de montar, pero con un rendimiento térmico muy

inferior. En lugar de aprovechar la inercia térmica de los materiales, se recurre a la

calefacción mediante bombas de calor y sistemas eléctricos. Aunque estas soluciones

modernas son eficientes, dependen de un suministro energético constante y requieren

mantenimiento, algo que las paredes gruesas de piedra o adobe nunca han necesitado.

En Francia, en los años 60, se intentó recuperar parte de este conocimiento con el

desarrollo del muro Trombe, un sistema en el que un muro de piedra o hormigón se coloca

detrás de un vidrio para absorber y redistribuir el calor. La idea no era nueva, sino una

reinterpretación moderna de una estrategia milenaria. Aun así, la arquitectura

contemporánea apenas ha integrado esta solución en la construcción convencional, dejando

la eficiencia energética en manos de tecnologías activas en lugar de soluciones pasivas.

La ventilación natural, una técnica desaprovechada

Otro ejemplo de conocimiento olvidado es el uso de la ventilación cruzada. En la

arquitectura mediterránea y andalusí, las viviendas estaban diseñadas con patios interiores

y aberturas estratégicas para permitir la circulación del aire. Este sistema permitía refrescar

los espacios sin necesidad de ventiladores ni sistemas mecánicos.Hoy en día, la arquitectura ha evolucionado hacia edificios cada vez más herméticos, lo que

ha obligado a desarrollar sistemas de ventilación mecánica controlada para garantizar la

calidad del aire. Este tipo de soluciones, aunque eficientes en términos de consumo

energético, son un recordatorio de cómo el diseño arquitectónico ha olvidado su relación

con el entorno.

En lugar de depender exclusivamente de la ventilación mecánica, podríamos repensar la

distribución de los espacios para recuperar la circulación natural del aire. Un diseño bien

planteado podría reducir la necesidad de ventilación artificial, al igual que lo hacían las

casas tradicionales.

¿Estamos realmente avanzando?

En un momento en el que la eficiencia energética y la sostenibilidad son objetivos

fundamentales, resulta irónico que muchas de las soluciones más eficientes sean, en

realidad, las que ya se utilizaban hace siglos.

No se trata de volver al pasado, sino de traer sus mejores ideas al presente. De combinar la

sabiduría ancestral con las herramientas modernas. De crear un futuro en el que la

arquitectura no solo sea eficiente, sino también lógica, resiliente y en equilibrio con su

entorno.

Tal vez la verdadera innovación no esté en desarrollar nuevos sistemas, sino en recordar lo

que alguna vez supimos hacer.

La madera: el gran aliado de la arquitectura bioclimática

Si hay un material que encarna el equilibrio entre tradición y modernidad en la arquitectura

bioclimática, ese es la madera. Utilizada durante siglos como principal recurso constructivo,

su versatilidad, resistencia y capacidad de regulación térmica la convierten en un aliado

indiscutible en la búsqueda de edificios más eficientes y sostenibles.

A diferencia de otros materiales de construcción como el hormigón o el acero, cuya

fabricación implica una huella de carbono considerable, la madera es el único material

estructural renovable. Su producción requiere menos energía, almacena CO₂ durante toda

su vida útil y, cuando se gestiona de forma responsable mediante reforestación, puede

contribuir a la regeneración de los ecosistemas. Además, su capacidad para regular la

humedad y el confort térmico de manera natural la hace ideal para construcciones que

buscan reducir la dependencia de sistemas mecánicos de climatización.

Hoy, gracias a innovaciones como la madera contralaminada (CLT) o los sistemas de

entramado ligero, la madera ha vuelto a ser protagonista en la arquitectura contemporánea,

permitiendo la construcción de edificios de gran altura con estructuras completamente

sostenibles. Su combinación con los principios de la arquitectura bioclimática abre la puerta

a viviendas que no solo son energéticamente eficientes, sino que también un

ambiente más saludable, cálido y en sintonía con la naturaleza.Lejos de ser un material del 

pasado, la madera es una de las claves para el futuro de la

arquitectura sostenible. Su retorno a la construcción no es una nostalgia de tiempos

antiguos, sino una apuesta firme por un modelo constructivo más inteligente, menos

dependiente de la tecnología y profundamente conectado con el entorno.